Laidi Fernández de Juan
Mes 1. Soy una cuadra hermosa, limpia y cuidada. Soy la envidia de mis primas, las cuadras aledañas. Frondosos árboles me cobijan, mi suelo es liso, los contenes, robustos y pintados con cal me definen, y quienes me habitan son personas amables. Por si fuera poco, han instalado en mis dominios varios negocios, y por ello, los dueños se esmeran en mantenerme hermosa. Envidiable, como ya dije.
Mes 2. Confieso que si bien la pandemia me sumergió en la nada en cuanto a actividad en mí, sobre mí, conmigo, y me refiero al trasiego de visitantes que solían caminarme, a mi vida de cuadra, y dejé de escuchar las alabanzas a las que estoy acostumbrada, también es verdad que distintas aves me llegaron, como nunca en mi existencia de más de trescientos años. Durante muchos meses recibí cotorras, palomas, totíes, que lograron el milagro de ahuyentar los murciélagos que tanto asustan a los humanos. Los cantos y los colores de los animalitos plumíferos me alegraron la existencia en el tiempo que mis dueños dedicaron a esconderse.
Mes 3. Poco a poco, ha regresado la normalidad. Hombres, mujeres y niños vuelven a mí, los pajaritos huyen, y distintos vehículos me transitan. Los negocios reabren, y, aunque ya mis dueños no me dedican los cuidados de antaño, vuelvo a sentir vida humana alrededor. De vez en vez llegan camiones enormes, que apenas puedo soportar de lo mucho que pesan. En ellos, vienen hombres que a su vez traen herramientas para derribar árboles, cuyas ramas dejan esparcidas sobre mi superficie. Cuesta trabajo respirar, después del destajo que realizan esos hombres. Cuando troncos y hojas molestan a los dueños habituales, ellos los retiran, pero ya he pasado jornadas de angustias. Echo de menos la paz de la pandemia.
Mes 4. La cosa va de mal en peor. Ya no solo podadores aislados, sino brigadas enteras se abalanzan sobre mí. Sin contemplaciones, me perforan con unos taladros, como si yo tuviera caries gigantescas. Dicen que las zanjas que me abren son para sustituir las viejas tuberías del gas. Nunca escuché a nadie quejarse del gas, pero allá los humanos, ellos sabrán. Lo cierto es que pierdo esplendor. A ambos lados de mí, abren cráteres donde caben dinosaurios. Escucho a mis habitantes decir que lo que me están haciendo es una barbaridad.
Mes 5. Soy un verdadero desastre. Los abridores de zanjas se han instalado con tal alegría y tal entusiasmo, que ya sus rostros me resultan familiares. Mis queridos humanos de toda la vida les brindan café y conversación a estos obreros del gas. Parece que ya no opinan que me han hecho una barbaridad. Me siento violentada, con tantos agujeros, cráteres y nuevas rutas. De mi lisura tradicional solo queda el recuerdo en algunas fotos desteñidas. Los niños ya no patinan encima de mí ni juegan a montar sacos, incluso es imposible caminarme. Mis pobladores habituales esquivan las perforaciones, como si jugaran al pon. Pon un pie aquí y el otro allá, parecen decir, al entrar o salir de sus casas. Soy una pobre cuadra abierta en canal.
Mes 6. Boca no habló que Dios no castigó, he escuchado decir a los más viejos vecinos. Efectivamente, me han taponeado los agujeros de los que tanto me quejé. Pero sin asfalto, mi colorete de toda la vida. Con cemento hosco, y al descuido, casi con desprecio, han derramado una especie de pastosidad vomitiva encima de toda mi superficie. Me han ruralizado, pero sin el encanto que tiene el campo. Sin murmullo de follaje, sin olor a rio natural, sin cacareo de gallinas, soy una triste cuadra sin chapapote. Envidio a mis primas, y deseo fervientemente que pronto les toque cambiar las tuberías del gas. Estoy furiosa contra mis dueños, esos vecinos que creía fieles. No me han defendido. Mal rayo los parta.
Mes 7.Será un plato frio…pero ¡qué bien sabe la venganza! Ya los obreros destructores de mí, no están por todo esto. O sea, se han retirado con sus andamiajes perforo-cortantes, ojalá que a cualquiera de las cuadras que solían envidiarme. Mis dueños/vecinos/habitantes ya pueden pisotearme, y vuelvo a sentir carriolas y patinetas rodando sobre mí. Pero todos se quejan de algo que al principio no lograba entender. ¡Estamos incomunicados! decían en mis cuatro esquinas. ¡Nos han dejado sin teléfonos!, repetían. Yo, sin comprender, presté atención. Luego de dos o tres días, entendí, cuando alcé mis ojos, que antes eran de color negro azabache, como corresponde a una señorita citadina que bien se acicala con su chapapote de siempre. Actualmente mi mirada color arena sucia, se dirigió al pentagrama que puebla mi infinito, o sea, al cablerío inentendible que forma parte de mi cabeza, y Oh sorpresa divina. Un manojo de dicha pelambre cuelga inmisericorde, como si fuera una hamaca mal tejida. ¡Fueron los del gas! gritó un joven, justo cuando yo miraba. ¡Ellos mismos, con sus máquinas enormes, y ni cuenta se dieron!, aportó la abuela del muchacho. Luego muchas voces se unieron, en modo plañidero. Yo, lo confieso, sonreí subterráneamente. Mejor dicho, me carcajeé por debajo, más o menos por donde se encuentran las nuevas tuberías del gas, que si bien no necesitaba, ahora agradezco, por joder los teléfonos. El resultado del desmadre es que ya no seré la bonita de antaño, pero como los humanos son tan dependientes de cables y de cosas tecnológicas, que ahora no pueden utilizar, todos acuden a mí, se aposentan en mis contenes, y allí conversan. Sigo siendo útil. Ojalá que no arreglen nunca nada, para que yo siga siendo la reina de las cuadras.
Mes 8 y final.