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Los Igualitos

A la memoria de la doctora Mercedes Mendoza,

víctima de la covid 19 mientras cumplía su deber.

Laidi Fernández de Juan

El chiste no es nuevo. Mejor dicho: muy gastado, pero mantiene gracia. Estás igualito, estás igualita, somos igualitos…es lo que más se escucha cuando suceden reuniones de viejos colegas, fiestas para celebrar aniversarios de graduación, y en convocatorias de esa índole. Lo cierto es que es asi como nos vemos. Más allá del estropicio que produce el tiempo, es la emoción lo que prima cuando vemos rostros amables, de un pasado feliz. En dichas festividades, suelen suceder irremediablemente varias cosas, de forma más o menos escalonada. Primero, la sorpresa: ¿Mengana no se había ido? ¿Fulano vive? ¿Esperanceja regresó, o está de visita?, a lo que sigue el acto de disimular que no somos capaces de recordar ciertos nombres aunque reconozcamos los rostros, o viceversa. Para nosotros mismos nos decimos ¿cómo se llama aquella gordita, y el calvo que acaba de llegar, y el flaco con espejuelos, y la rubia esa que está entrando ahora?, y a continuación, se forman racimos de personas. Nos agrupamos según dicta nuestra memoria, de acuerdo con las afinidades que teníamos antaño. Sorpresivamente, no compartimos las mismas dudas, o variantes, y entre todos y todas, nos damos a la tarea de reconstruir recuerdos, de enlazar nombres con caras, de hurgar en nuestros archivos mentales. Después de este ejercicio memorístico, invariablemente, toma las riendas un líder o una lideresa que se ocupa de animar la concurrencia, y recorre los diferentes grupos, en aras de entusiasmarnos, de convidarnos a pasar al centro del salón, y claro está, obedecemos, como si fuera el maestro de la escuela quien nos dice Pasa al frente, alumna, y responde la tarea. Siendo como somos el país de la música, no pueden faltar los acordes, que inundan el local. No cualquier música, obvio, sino la que llamamos nuestra, de nosotros, la que nos transporta a treinta, a cuarenta o a más años atrás, la que oíamos cuando nos asomábamos a un mundo que creíamos perfecto. Y lo era, de cierta forma. No solo porque estábamos convencidos de que el universo nos esperaba con los brazos abiertos, sino porque teníamos fuerzas, entusiasmos, deseos. Al compás de esas melodías, el conglomerado que somos olvida penas, dolores, deudas, obligaciones y compromisos, y regresamos a los años felices. Increíblemente, volvemos a movernos si no con el ímpetu de antaño, ni con la gracia de aquellos esqueletos que teníamos, sí con las mismas ganas. Solo asi el salón se inunda de aplausos, de risas, de pasos acompasados, y todos y todas damos vueltas con los ojos cerrados, permitiendo que los cabellos o sus sustitutos, las articulaciones o lo que queda de ellas, las espaldas adoloridas y los pies medio acalambrados olviden sus achaques, y se liberen, casi en un acto de frenesí. De repente dejamos junto a nuestros bolsos las miserias, las pastillas, los rencores, los teléfonos donde pueden localizarnos los hijos, las parejas, los padres, los nietos o los jefes del trabajo, y nos dejamos transportar hacia el mundo que soñábamos. Este estado de gracia dura poco según dicta el reloj, pero una eternidad para nuestros envejecidos espíritus, de pronto renovados. No conozco mejor terapia física ni psicológica como forma de espantar la tristeza que la que proporciona estos encuentros entre colegas. Será porque compartimos no solo un pasado común, sino los mismos desaciertos, similares frustraciones, y también parecidas alegrías, felicidades y satisfacción.

En la medida en que pasan las horas, descubrimos que es inútil intentar recordar cómo nos llamamos, ni en qué aula estuvimos, ni si Fulano vive aquí o está de visita. Por un momento todos somos los de antes, los igualitos de siempre, los jóvenes que quizás nunca dejamos de ser. Hasta que, sin darnos cuenta, el implacable nos llama a la cordura, y llega la hora de despedirnos. Nos intercambiamos datos para localizarnos: correos electrónicos, teléfonos fijos y móviles, direcciones particulares y laborales, y todos fingimos que sí, como no, esta semana te llamo, y claro, paso por tu casa pronto, anota bien, que antes de lo que te imaginas, caeré por tu oficina, sabiendo que no será posible. Por la corrosiva cotidianidad, porque el tiempo nunca alcanza, porque una montaña de deberes lo impedirá, por la terquedad de la vida real, en fin, no volveremos a encontrarnos hasta que el líder de la manada organice el próximo encuentro. Donde una vez más lloraremos juntos al pronunciar los nombres de quienes han muerto en el camino, y nos vamos a abrazar con la emoción de la adolescencia, y nos repetiremos “estás igualito, querido…y qué alegría volver a verte, hermana mía”. Hablando en plata, ya lo dijo el poeta: “estar vivos es cosa linda.”

Junio, 2022.

Del Diario de mi Cuadra

Laidi Fernández de Juan

Mes 1. Soy una cuadra hermosa, limpia y cuidada. Soy la envidia de mis primas, las cuadras aledañas. Frondosos árboles me cobijan, mi suelo es liso, los contenes, robustos y pintados con cal me definen, y quienes me habitan son personas amables. Por si fuera poco, han instalado en mis dominios varios negocios, y por ello, los dueños se esmeran en mantenerme hermosa. Envidiable, como ya dije.

Mes 2. Confieso que si bien la pandemia me sumergió en la nada en cuanto a actividad en mí, sobre mí, conmigo, y me refiero al trasiego de visitantes que solían caminarme, a mi vida de cuadra, y dejé de escuchar las alabanzas a las que estoy acostumbrada, también es verdad que distintas aves me llegaron, como nunca en mi existencia de más de trescientos años. Durante muchos meses recibí cotorras, palomas, totíes, que lograron el milagro de ahuyentar los murciélagos que tanto asustan a los humanos. Los cantos y los colores de los animalitos plumíferos me alegraron la existencia en el tiempo que mis dueños dedicaron a esconderse.

Mes 3. Poco a poco, ha regresado la normalidad. Hombres, mujeres y niños vuelven a mí, los pajaritos huyen, y distintos vehículos me transitan. Los negocios reabren, y, aunque ya mis dueños no me dedican los cuidados de antaño, vuelvo a sentir vida humana alrededor. De vez en vez llegan camiones enormes, que apenas puedo soportar de lo mucho que pesan. En ellos, vienen hombres que a su vez traen herramientas para derribar árboles, cuyas ramas dejan esparcidas sobre mi superficie. Cuesta trabajo respirar, después del destajo que realizan esos hombres. Cuando troncos y hojas molestan a los dueños habituales, ellos los retiran, pero ya he pasado jornadas de angustias. Echo de menos la paz de la pandemia.

Mes 4. La cosa va de mal en peor. Ya no solo podadores aislados, sino brigadas enteras se abalanzan sobre mí. Sin contemplaciones, me perforan con unos taladros, como si yo tuviera caries gigantescas. Dicen que las zanjas que me abren son para sustituir las viejas tuberías del gas. Nunca escuché a nadie quejarse del gas, pero allá los humanos, ellos sabrán. Lo cierto es que pierdo esplendor. A ambos lados de mí, abren cráteres donde caben dinosaurios. Escucho a mis habitantes decir que lo que me están haciendo es una barbaridad.

Mes 5. Soy un verdadero desastre. Los abridores de zanjas se han instalado con tal alegría y tal entusiasmo, que ya sus rostros me resultan familiares. Mis queridos humanos de toda la vida les brindan café y conversación a estos obreros del gas. Parece que ya no opinan que me han hecho una barbaridad. Me siento violentada, con tantos agujeros, cráteres y nuevas rutas. De mi lisura tradicional solo queda el recuerdo en algunas fotos desteñidas. Los niños ya no patinan encima de mí ni juegan a montar sacos, incluso es imposible caminarme. Mis pobladores habituales esquivan las perforaciones, como si jugaran al pon. Pon un pie aquí y el otro allá, parecen decir, al entrar o salir de sus casas. Soy una pobre cuadra abierta en canal.

Mes 6. Boca no habló que Dios no castigó, he escuchado decir a los más viejos vecinos. Efectivamente, me han taponeado los agujeros de los que tanto me quejé. Pero sin asfalto, mi colorete de toda la vida. Con cemento hosco, y al descuido, casi con desprecio, han derramado una especie de pastosidad vomitiva encima de toda mi superficie. Me han ruralizado, pero sin el encanto que tiene el campo. Sin murmullo de follaje, sin olor a rio natural, sin cacareo de gallinas, soy una triste cuadra sin chapapote. Envidio a mis primas, y deseo fervientemente que pronto les toque cambiar las tuberías del gas. Estoy furiosa contra mis dueños, esos vecinos que creía fieles. No me han defendido. Mal rayo los parta.

Mes 7.Será un plato frio…pero ¡qué bien sabe la venganza! Ya los obreros destructores de mí, no están por todo esto. O sea, se han retirado con sus andamiajes perforo-cortantes, ojalá que a cualquiera de las cuadras que solían envidiarme. Mis dueños/vecinos/habitantes ya pueden pisotearme, y vuelvo a sentir carriolas y patinetas rodando sobre mí. Pero todos se quejan de algo que al principio no lograba entender. ¡Estamos incomunicados! decían en mis cuatro esquinas. ¡Nos han dejado sin teléfonos!, repetían. Yo, sin comprender, presté atención. Luego de dos o tres días, entendí, cuando alcé mis ojos, que antes eran de color negro azabache, como corresponde a una señorita citadina que bien se acicala con su chapapote de siempre. Actualmente mi mirada color arena sucia, se dirigió al pentagrama que puebla mi infinito, o sea, al cablerío inentendible que forma parte de mi cabeza, y Oh sorpresa divina. Un manojo de dicha pelambre cuelga inmisericorde, como si fuera una hamaca mal tejida. ¡Fueron los del gas! gritó un joven, justo cuando yo miraba. ¡Ellos mismos, con sus máquinas enormes, y ni cuenta se dieron!, aportó la abuela del muchacho. Luego muchas voces se unieron, en modo plañidero. Yo, lo confieso, sonreí subterráneamente. Mejor dicho, me carcajeé por debajo, más o menos por donde se encuentran las nuevas tuberías del gas, que si bien no necesitaba, ahora agradezco, por joder los teléfonos. El resultado del desmadre es que ya no seré la bonita de antaño, pero como los humanos son tan dependientes de cables y de cosas tecnológicas, que ahora no pueden utilizar, todos acuden a mí, se aposentan en mis contenes, y allí conversan. Sigo siendo útil. Ojalá que no arreglen nunca nada, para que yo siga siendo la reina de las cuadras.

Mes 8 y final.